Terence
Davies consigue convertir a la protagonista de The Deep Blue Sea en una Madame
Bovary del siglo XX. Con una Rachel
Weisz en todo su esplendor y una fotografía casi onírica, esta película
británica consigue que el espectador se plantee si está viendo una película o
si sólo unos retazos de un sueño.
Pero
vayamos por partes, The Deep Blue Sea es una adaptación del libro de Terrence
Rattigan con el mismo nombre, y narra la historia de Hester, una mujer
infelizmente casada con un hombre mayor que la adora, mientras que ella ansía algo más, ese hastío que siente, lo
consigue apagar con su amante, un expiloto muy apuesto que tiene el mismo
atractivo mental que el de un concursante de Gran Hermano.
Davies,
nos muestra la historia de un triángulo amoroso con imágenes evocadoras que por
la suavidad de su luz y las formas redondas que forman, parecen sacadas de un
cuadro de Monet, aunque en ocasiones esa iluminación nos recuerda a la del cine
clásico, pero de forma muy artificial, llegando en ciertos momentos, a
plantearnos si las imágenes están bien enfocadas, por la cantidad de filtros
que parece tener la cámara. Aunque este, es en parte, el encanto de la
película, a parte de la actuación de Rachel Weisz que hace mejor papel de su
carrera hasta el momento, es inevitable que Tom Hiddleston y Simon Russel Beale
queden eclipsados por la presencia de Weisz, que parece una protagonista de una
tragedia griega, aunque la historia no es exactamente una tragedia griega, ya
que no aporta nada nuevo, la historia de siempre, triángulo amoroso que siempre
acaba mal para la mujer.
Por
otro lado, Terence Davies consigue crear una atmósfera bucólica en la que toman
casi más importancia los silencios que los diálogos. Con un ritmo pausado, nos
muestra una historia de amor que desde el principio te advierte que no va a
tener un final feliz. Y es que los planos son largos, los movimientos de la
cámara son lentos y cobran mucha importancia los contraluces, por esta razón,
es posible que muchos espectadores la consideren lenta, pero sin embargo no
consigue aburrir ya que es difícil que la actuación de sus intérpretes y el aura
que desprende deje indiferente.
Esta
historia, narrada con calma y delicadeza, no sólo se interesa por contar las
desventuras de Hester, sino que también cobra importancia la puesta escena,
perfectamente pensada para que sea casi un personaje más de la película, y es
que la presencia de los espejos en la película no es al azar, sino que tienen
cierta relación con el sentimiento de tristeza, y es que cada vez que la
protagonista tiene que afrontar las situaciones más difíciles los reflejos de
los espejos o las ventanas cobran muchísima importancia.
Por
otra parte, lo más disonante, es la música y el montaje que llegan en algunos
fragmentos a ser un poco cargantes, ya que la música parece desentonar mientras
que se abusan de los fundidos encadenados muy seguidamente. Lo que hace que el
arranque de la película parezca un poco forzado y soporífero.
Aun
así, no podemos negar que es una película correctamente realizada y tiene ese
encanto británico tan peculiar, que hace que el espectador se vea sumergido en
una narración de amor y dolor ajeno, llegando, en ocasiones, a que nos
lleguemos a sentir un poco voyeurs recordándonos en cierto modo, a Deseando
Amar de Won Kar Wai. Como comentaba al principio, la película remite a escenas
que parecen viejos recuerdos, o sueños que hemos medio olvidado, ya que sus
flash-backs provocan cierto desconcierto y doten a la narración de personalidad
propia y no se límite a la linealidad.
Publicado por: Caprica





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